¿Por qué soy tan sensible?

¿Te has sorprendido alguna vez totalmente emocionado/a en el cine, o en el teatro o en un concierto?, ¿te agobias cuándo tienes que hacer muchas cosas en muy poco tiempo?, ¿te conmocionas ante cualquier cambio en tu vida como un nacimiento, una separación…?, ¿te genera mucho nerviosismo e inseguridad el tener que competir o sentirte evaluado en la ejecución de una tarea?, ¿los ruidos fuertes te hacen sentir incómodo/a?, ¿tienes una vida interior rica y compleja y le das muchas vueltas a las cosas?, ¿te abrumas fácilmente ante luces brillantes, olores fuertes, sirenas…?, ¿eres muy sensible al dolor?, ¿tienes la sensación de ser sensible a cosas muy sutiles del entorno?, ¿te afecta mucho el comportamiento de los demás?, ¿los ruidos fuertes te hacen sentir incómodo/a?, ¿eres muy concienzudo?, ¿te asustas con facilidad?, ¿cuándo eras niño tus padres o profesores te definían como una persona sensible o tímida?….

Si has contestado que si a todas o gran parte de estas preguntas eres una persona altamente sensible. ¿y esto que quiere decir?. Hablamos de alta sensibilidad cuando una persona posee un sistema neuro-sensorial más fino, más desarrollado que la mayoría de la gente.  La persona con alta sensibilidad  recibe en proporción mucha más información sensorial simultánea que alguien con una sensibilidad media. La Alta Sensibilidad es un rasgo hereditario que afecta a dos de cada diez personas, hombres y mujeres por igual. Ser una persona con alta sensibilidad no es algo que tienes, es algo que eres.

Según la  Asociación de Personas con Alta Sensibilidad de España (APASE), son 4 las características básicas que definen a las personas altamente sensibles:

  1. La persona con alta sensibilidad difícilmente puede remediar su tendencia a procesar toda la información recibida de una manera intensa y profunda, por lo que suele reflexionar mucho sobre los temas en general y dar muchas vueltas para una mayor comprensión.
  2. La persona con alta sensibilidad puede llegar a saturarse y sentirse sobreestimulada cuando tiene que procesar a la vez mucha información (sensorial y emocional). Ésta característica es comprensible debido a que la persona con alta sensibilidad posee un sistema neuro-sensorial más fino de lo normal, por lo que la cantidad de información que recibe es mucho mayor que la de una persona que no es altamente sensible.
  3. La persona con alta sensibilidad vive la vida con mucha emocionalidad, se emociona con facilidad ante situaciones y sensaciones. Su manera de experimentar la felicidad, tristeza, alegría, injusticia, etc. es muy intensa y va ligada a una fuerte empatía, una característica que también forma parte del rasgo de la alta sensibilidad.
  4. La persona con alta sensibilidad tiene una elevada sensibilidad, no solamente en cuanto a los cinco sentidos (vista, tacto, oído, gusto, olfato), sino también de cara a sutilezas como pequeños cambios en el entorno o en el estado emocional de las personas que tiene a su alrededor.

Para muchos ser tan sensible es una característica irritante que complica la vida. Es posible que te sientes “bicho raro” y que tienes la sensación de no encajar. Puede ser que creas que eres el único que es como eres. No siempre, pero muchas veces la persona sufre por ser tan sensible y muchas veces se siente rara y no comprendida. El rasgo de la alta sensibilidad, a pesar de ser descubierto en 1995, todavía es poco conocido.  A través del aprendizaje sobre la Alta Sensibilidad puedes descubrir y llegar a entender quién eres y cómo funcionas, requerimientos esenciales si quieres sentirte equilibrado y feliz.


¿Alguna vez te has preguntado Para Qué…?

¿Alguna vez te has preguntado para qué mi pareja, amiga, madre o tal vez hijo, me dice las cosas así, o se comporta de esa manera?

Normalmente cuando hay algo que no entendemos en el comportamiento de otra persona tendemos a hacer dos cosas; por un lado nos preguntamos el por qué, ¿por qué me trata así mi hijo?, ¿por qué no me dijo esto mi pareja?, ¿por qué me habló de esta manera mi amiga?… o tal vez lo que puede que haga es ya dar por hecho sin cuestionarme nada las razones por las que esas personas se comportan de esa forma (lo más probable que pase, si tiendo a caer en esto último que he dicho, es que llegue a conclusiones negativas).

Sin embargo, cuando en mi cabeza aparece el PARA QUÉ, obtengo la INTENCIÓN, la meta a la que el otro quiere llegar.

Con el permiso de Eduardo Galeano, voy a compartir uno de sus cuentos para que se vea con más claridad a lo que me refiero.

Doña Maximiliana, muy cansada por los trajines de una larga vida sin domingos, llevaba unos cuantos días internada en el hospital, y cada día pedía lo mismo:
-Por favor, doctor, ¿podría tomarme el pulso?
Una suave presión de los dedos en la muñeca, y él decía:
-Muy bien. Setenta y ocho. Perfecto.
-Sí, doctor, gracias. Ahora por favor, ¿me toma el pulso?
Y él volvía a tomarlo, y volvía a explicarle que estaba todo bien, que mejor imposible.
Día tras día, se repetía la escena. Cada vez que él pasaba por la cama de doña Maximiliana, esa voz, ese ronquido, lo llamaba, y le ofrecía ese brazo, esa ramita, una vez, y otra vez, y otra.
Él obedecía, porque un buen médico debe ser paciente con sus pacientes, pero pensaba: Esta vieja es un plomo. Y pensaba: Le falta un tornillo.
Años demoró en darse cuenta de que ella estaba pidiendo que alguien la tocara.

¿POR QUÉ Maximiliana quiere que todos los día le tome el pulso? Porque es una pesada, porque ya no sabe qué hacer para llamar la atención, porque se le ha ido la cabeza, porque es mayor y no sabe lo que quiere…

¿PARA QUÉ Maximiliana quiere que todos los días le tome el pulso? Para que la toquen y sentir a alguien cerca, para que la toquen y sentir que alguien se preocupa, para que la toquen y sentir que sigue viva…

¿Para qué mi hijo se enfada, para qué hace eso, para qué me contesta así? Para expresar que está triste, preocupado, cansado, para decirte que te echa de menos,  que en el cole las cosas no van bien o que quizá hay algo que le asusta.

La respuesta cambia verdad, y con ella la visión de la situación.


Otra vez comparándome

Hay muchas cosas que nos hacen daño, pero si de todas  tengo que elegir una yo creo que la peor es  la COMPARACIÓN, lo sabemos e incluso hay una frase hecha  “la comparación es odiosa”, pero aún así seguimos haciéndolo.

En muchas ocasiones somos conscientes de ella cuando es otro el que nos compara y en estos casos es fácil sobrevivir a ella incluso si utilizamos nuestra asertividad puede que ni nos afecte, pero en la mayoría de los casos el problema está en que no somos conscientes de que somos nosotros mismos quien nos comparamos con los demás.

Pensamos que esta es una buena manera de motivarnos y alentarnos a mejorar pero nada más lejos de la realidad, al compararnos con otros poco a poco vamos reduciendo nuestra confianza y autoestima, si es cierto que es un proceso largo, pero devastador.

Podemos comparar dos frutas, una fresa y un melón, según el gusto de cada uno puede gustarte más la fresa, pero por eso el melón no está rico?. Vemos que pese a que las dos son frutas tienen características muy dispares, pues lo mismo ocurre con las personas, no hay dos iguales, cada una posee una serie de cualidades. Algunas serán positivas y otras no, pero nada tendrá que ver con las que tenga cualquier otra persona.

Visto que no podemos compararnos con los demás, y que para mejorar nos ayuda tener un referente, nada mejor que empezar a compararnos con nosotros mismos, para lograr el crecimiento personal la clave está en comparar nuestros logros con las metas que nos proponemos.

Esta es una forma sana y positiva de ir creciendo y mejorando día a día, sin dañar nuestra autoestima generando sentimientos negativos como envidia, rencor, celos…


Destino o casualidad

Hoy me gustaría compartir con vosotros una de las leyendas más bonitas jamás contadas: La leyenda del hilo rojo. Dice así:

“Hace mucho mucho tiempo, un emperador se enteró de que en una de las provincias de su reino vivía una bruja muy poderosa, quien tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino y la mandó traer ante su presencia. 

Cuando la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que llevaba atado al meñique y lo llevara ante la que sería su esposa. La bruja accedió a esta petición y comenzó a seguir y seguir el hilo. Esta búsqueda los llevó hasta un mercado, en donde una pobre campesina con una bebé en los brazos ofrecía sus productos. Al llegar hasta donde estaba esta campesina, se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie. Hizo que el joven emperador se acercara y le dijo: «Aquí termina tu hilo», pero al escuchar esto el emperador enfureció, creyendo que era una burla de la bruja. Este empujó a la campesina que aún llevaba a su pequeña bebé en brazos y la hizo caer, haciendo que la bebé se hiciera una gran herida en la frente. Luego, ordenó a sus guardias que detuvieran a la bruja y le cortaran la cabeza.

Muchos años después, llegó el momento en que este emperador debía casarse y su corte le recomendó que lo mejor era que desposara a la hija de un general muy poderoso. Aceptó y llegó el día de la boda. Y en el momento de ver por primera vez la cara de su esposa, la cual entró al templo con un hermoso vestido y un velo que la cubría totalmente… Al levantárselo, vio que ese hermoso rostro tenía una cicatriz muy peculiar en la frente.

Esta leyenda, surge cuando se descubre que la arteria cubital conecta el corazón con el dedo meñique. Al estar unidos por esa arteria se comenzó a decir que los hilos rojos del destino unían los meñiques con los corazones; es decir, simbolizaban el interés compartido y la unión de los sentimientos. La historia en sí cuenta que entre dos o más personas que están destinadas a tener un lazo afectivo existe un «hilo rojo», que viene con ellas desde su nacimiento.

El hilo existe independientemente del momento o circunstancias de sus vidas en el que las personas vayan a conocerse y no puede romperse en ningún caso, aunque a veces pueda estar más o menos tenso, pero es, siempre, una muestra del vínculo que existe entre ellas.

Durante el periodo Edo japonés (que tuvo lugar entre 1603 y 1867),  algunas mujeres, con el fin de demostrar su devoción y amor infinito a sus esposos, se amputaban el dedo meñique para de esa forma mostrarles que no estaban unidas a nadie más que a ellos, a ese hilo que ya no surgía del dedo, sino directamente del corazón hacia el de sus amados maridos.

En contraposición a otras supersticiones o creencias amorosas, la japonesa no se limita a la pareja, ni a una sola persona a la que estemos destinados a encontrar.

Al margen de lo que cuenta la leyenda, que a mi particularmente me parece preciosa, me gustaría hacer una reflexión. Todos en algún momento de nuestra vida de cambio, de incertidumbre, de decisiones nos hemos preguntado  hacia donde va nuestra vida. Algunas personas creen que todo pasa por algo, otros se centran en la casualidad y otros que el destino está escrito. Es cierto, que en ocasiones necesitamos creer lo que nos conviene para poder aceptar o justificar algún tipo de situación, pero el problema de esperar al destino puede hacer que sólo encuentres lo que han dejado los que han salido a buscarlo. Quizás quienes encuentren son aquellos que está dispuestos a arriesgarse, a tomar decisiones, a equivocarse a asumir las consecuencias de esas decisiones, a aprender en lugar de lamentarse, a perseguir lo que quieren, a lanzarse por lo que sueñan…

Cada camino que elegimos nos lleva a un lugar diferente que va modelando nuestra vida, pero también es cierto que la vida nos pone delante, sin buscarlo, personas y situaciones que cambian el rumbo de nuestra vida y nos obliga a elegir caminos.

¿Qué opinas tú?


La felicidad de un niño

 

Hoy quiero compartir con vosotros una gran experiencia, mirar este vídeo:

 

Me gustaría  que todos los niños tuvieran la oportunidad de optar por un hospital como este, bastante tienen con tener que ir, en el que la diversión y la esperanza lo llenan todo. No es justo que los niños tengan que pasar miedo, largas esperas aburridos…todos sabemos que acudir a un hospital es difícil, tanto para los niños como los papas, no es un destino que elegimos, simplemente nos toca y hay que apechugar con el.

Como cualquier otra mama o papa, yo siento que si mi hijo está contento, pasándolo bien, disfrutando…yo voy a estar bien, claro que me surgen miedos, temores pero se borran rápido cuando le veo reír, y esto fue lo que pasó cuando  la semana pasada tuvimos cita en el Hospital Sant Joan de Deu.

Hay que vivir el momento y disfrutar de lo que se tiene y se hace en el aquí y ahora, no sabemos que nos deparará el futuro pero lo que sí es cierto es que lo que hayamos disfrutado siempre perdura.

 


¿Conciliación familiar? ay que me da la risa…

Este es  mi despacho, el lugar de trabajo en el que paso muchas horas.  Lo cierto es que me encanta. Tiene muchísima luz, es acogedor, cálido, espacioso y tranquilo, pero ¿sabes a quién no les gusta tanto? a mis hijos, ¿la razón? tienen que compartirme con él.

En estas últimas semanas he vivido dos hechos que han reforzado ese sentimiento de culpa que muchas madres trabajadoras arrastramos por el hecho de dejar a nuestros retoños con padres, abuelos, cuidadores, guarderías, etc. El primero de ellos fue con mi hija Lara de 4 años. Un día mientras me preparaba para ir a trabajar por la tarde, cuando ella se dio cuenta, empezó a perseguirme literalmente por toda la casa, era como mi sombra, se enganchó a mi pierna a la vez que con una vocecita susurrante que te parte el corazón me iba repitiendo “mamá no quiero que te vayas, voy a echarte de menos”. En esos momentos da igual lo que intentes hacer, abrazarla, besarla, decirle que llegarás en cuanto puedas…nada sirve, y automáticamente a esa voz que te traspasa el corazón se le añade el puchero que luego se convierte en lágrimas de tristeza. Y ala, allá me voy yo sintiendo que soy la peor madre del mundo y mi corazón se encoge al tiempo en que trago saliva para intentar no dejarme llevar por la tristeza que a mí también me ha contagiado.

Y sí, ya sé que luego se le pasa, que ella va a estar bien y que no hay que dramatizar… pero el atragantón y el comedero de cabeza me lo llevo yo, ¿por qué? por ir a trabajar, por hacer algo que me apasiona y con lo que me gano la vida, ¡¡¡que no me voy de fiesta!!! (que ojo, también podría eh).

El segundo episodio ocurrió ayer. Mi hijo Samuel de 7 años me dio un par de malas contestaciones sin venir a cuento, y como no le vi yo mucho sentido a aquello, le pregunté si estaba enfadado conmigo  o si tal vez yo había hecho algo que le hubiese molestado sin darme cuenta. Después de unos minutos me respondió “mamá, pasas menos tiempo con nosotros porque vas a trabajar y eso no es justo” (durante el curso no lo notan tanto pero ahora que están de vacaciones…), ay dios, me mató; y pensé, yo tengo suerte porque paso mucho tiempo con ellos, pero ¿cómo se sentirán esos niños que pasan poco tiempo con sus padres?, y ¿cómo se sentirán los padres por no poder pasar más tiempo con sus hijos?

Esta es la conciliación familiar, NO EXISTE. Por eso este blog va dedicado con todo mi amor, respeto y admiración hacia esas madres que trabajan también fuera de casa y tienen que hacer encaje de bolillos y un millón de malabares para que todo funcione. Me centro en las madres porque culturalmente es “normal” que el padre trabaje, no pasa nada, pero que lo haga la madre no siempre se entiende. Así que va por vosotras.


Hoy me voy a comer el mundo

Hay días en los que pese a tener una vida llena de obstáculos y dificultades, te sientes fuerte como un roble y con ganas de demostrarle al mundo que tú puedes con lo que te echen y más. Así es como me he sentido esta semana, llena de energía renovada.

Parece que fue ayer cunado nació mi hijo pequeño y ya ha cumplido 5 meses, en los que he pasado por todos los estados anímicos posibles: miedo, angustia, frustración, felicidad, alegría, tristeza,…y por fin comienzo a ser la de siempre.

He logrado una especie de equilibrio entre mis diferentes facetas: madre, trabajadora, amiga, amante, hija,…y que bien me siento, pensé que no volvería a sentirme así nunca más. Pero casi sin darme cuenta, seguramente por que lo tengo muy interiorizado, vuelvo a tener el control de mi vida.

Me gustaría compartir con vosotros mi gran secreto, y no es otra cosa que volver a confiar en mí, en mis capacidades, habilidades… saber que aunque las cosas se pongan feas cuento con una mochila llena de estas capacidades personales que son las que me ayudan a seguir adelante con una sonrisa y un paso firme para conseguir lo que me propongo.

Os animo a todos a que busquéis en vuestras mochilas esas habilidades y sigáis adelante con esas ganas de comeros  el mundo, os prometo que funciona.


Nuestra mejor arma: la empatía

 

La empatía es un arte, una capacidad excepcional programada genéticamente en nuestro cerebro con la que sintonizar con los sentimientos e intenciones de los demás. Sin embargo, y aquí llega el problema, no todos logran “encender” esta linterna que ilumina el proceso de construcción de las relaciones  sólidas y enriquecedoras.

Va siendo hora de que revisemos como esta nuestra empatía, por suerte esta capacidad se puede aprender y/o mejorar, os voy a dar algunas claves que seguro os ayudaran:

Utiliza la escucha activa. Pregunta y muestra interés. Resume lo que el otro dice.

Usa Ejercicios de sintonía. Sonríe si te sonríen, permanece serio si el otro lo está, sincroniza tu emoción con la del otro.

Ponte en sus zapatos. Imagina cómo será un día en la vida de otra persona. Sin juicios.

Se amable. Pregunta a los demás cómo están y qué les sucede.

Identifica la emoción. Por los gestos y luego verifica: “¿Te sientes triste?”».

Aprende a consolar. Basta decir “te comprendo”, ¡sin dar consejos!

Presta ayuda. Utiliza un día a la semana para apoyar a otra persona que lo necesita.


Las odiosas comparaciones

¿Quién no se ha comparado alguna vez?… “es más listo, más guapo, se le da mejor que a mí, seguro que a ella esto no le pasa, va siempre tan bien…” ¿y a qué me lleva esto? Seguramente a sentirme muy pequeñito.

Podría decir muchas cosas sobre las temidas y odiosas comparaciones, pero como una imagen vale más que mil palabras, os dejo con este vídeo que me gustó mucho. Espero que os haga pensar.


Lo diferente es bonito

El jueves fue el día Mundial de las personas con Síndrome de Down y una vez más nos han dado una lección de vida.

No son enfermos, ni bichos raros son personas como el resto, con sus virtudes y defectos pero con una sensibilidad especial, tenemos mucho que aprender de ellos, su vida cada día es una lucha para que les tratemos con la  normalidad que se merecen  y no como enfermos,  personas desvalidas o lástima, esto último les duele tanto…solo quieren NORMALIDAD.

Podría seguir hablando de como son las personas con Síndrome de Down, pero creo que es mucho mejor que veamos este vídeo en el que ellos mismos nos lo cuentan.