Cuando nuestro cuerpo habla

7 octubre, 2017

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Seguro que no me equivoco si digo que a nadie le sorprende que su corazón se ponga a palpitar a un ritmo frenético si tenemos que escapar de un perro negro y gigante que corre detrás de nosotros a toda velocidad, o que nos tiemblen las piernas cuando tenemos que hablar delante de un montón de gente, ¿verdad?.  Sin embargo, nos cuesta más aceptar que los mismos pensamientos que te encogen el estómago puedan llegar a provocar dolencias tan graves como ceguera, convulsiones o parálisis. Estamos hablando de los trastornos de somatización. Para los que nunca hayáis oído hablar de ello, o para los más escépticos, me gustaría contaros algo sobre este tema.

La somatización es un conjunto de síntomas físicos que producen malestar y que no pueden ser explicados médicamente a partir de una revisión del cuerpo. Es decir, que allí donde hay una somatización hay problemas relacionados con el dolor y el malestar a los que no se les puede encontrar una causa a partir de un examen médico. Las personas que lo padecen  se quejan de forma reiterada de dolores y malestar de diversa índole, los cuales no tienen un origen físico identificable. Dichos síntomas, que además son recurrentes e inexplicables, interfieren negativamente en su vida social, laboral e incluso personal. Cuando alguien padece un trastorno de somatización  sufre dolencias y síntomas desagradables durante mucho tiempo, incluso años, que afectan diversas áreas del cuerpo. El  dolor abdominal,  los dolores de cabeza,  las molestias en el pecho como opresión o palpitaciones y  molestias musculares, articulares e incluso en las vías urinarias son algunos ejemplos.

Por otra parte, los trastornos psicosomáticos también pueden presentarse como enfermedades orgánicas bien definidas y en las que los factores psicológicos juegan un papel muy importante, ya sea en su inicio, evolución o intensidad. Ejemplo de ello es el colon irritable o lo eczemas, las enfermedades cardiovasculares o respiratorias…todas ellas asociados con el estrés.

Si nos prestamos un poco de atención portemos me comprobar que las emociones no sólo se manifiestan a través de síntomas psicológicos. Por ejemplo cuando nos enfadamos nuestro corazón se acelera, además de aumentar la tensión arterial y muscular entre otras muchas cosas. Todas las emociones ( tristeza, miedo, alegría..), tienen un correlativo físicos. La parte psicológica de la emoción se encarga de dar sentido a lo que está ocurriendo y actuar en consecuencia, es decir, yo siento, mi cuerpo reacciona y mi psique le da sentido y actúa. Las afecciones psicosomáticas tienen lugar porque la persona ha bloqueado su parte psicológica, por lo que no permite que sus emociones sean verbalizadas y trabajadas. En definitiva, actúa como si no pasara nada. Niega el conflicto o niega la importancia del conflicto por lo que no puede dar sentido ni elaborar lo que está ocurriendo. En este momento, con la parte psicológica fuera de juego, la parte física se intensifica, se consolida y sigue actuando sobre lo somático, no puede desaparecer sin más.

La clave para no sufrir cualquier problema psicosomático es aprender a manejar nuestros estados emocionales, lo que supone entrenar para ser consciente de cómo me hace sentir aquello que viví o aquello que estoy viviendo. Esto, puede resultar Dificil si eres una persona que desde su infancia aprendió a sobrevivir en en este mundo a base de atar sus sentimientos, de comerse los problemas. Hay entornos familiares y culturales donde la expresión emocional, sobre todo la relativa a las emociones negativas, está severamente censurada. “No estés triste”, “no te enfades” o “no se llora” son expresiones frecuentes que sirven como ejemplo del estilo comunicativo que, si se generaliza, termina creando niños que reprimen sus emociones y su capacidad para canalizarlas. Si esto se dilata en el tiempo, dichos niños se convertirán en adultos que han automatizado el mecanismo: ya no detectan ni expresan sus emociones, simplemente las niegan. He aquí el peligro.

Hemos de aprender a tomar conciencia de nuestras emociones , aprender a escuchar a nuestro cuerpo. Ambos están conectados y tener un cuerpo sano también pasa por cuidar nuestra mente.