El eterno debate: deberes sí o no

Los deberes han existido en los colegios desde sus inicios, sin embargo, durante los últimos años ha surgido un gran debate que ha enfrentado a las familias con los centros escolares y los profesores: deberes, ¿sí o no?

Es cierto que los deberes ayudan a adquirir hábitos de estudio, rutinas, desarrollan la responsabilidad de los niños y ayudan a consolidar los conocimientos adquiridos. Pero, la realidad del día a día de los niños es muy distinta: salen de clase tarde, en ocasiones saturados de tantas horas en el cole, tienen diversas actividades extraescolares, y, sobre todo, quieren y deben jugar.

En numerosas ocasiones los deberes provocan conflictos entre padres e hijos: los niños, como es normal, quieren jugar y no quieren hacer los deberes, esto hace que los padres tengan que imponer su autoridad, enfrentarse a los niños y obligarlos a que hagan los deberes; alguna que otra vez, esta situación desemboca en un castigo. Por lo tanto, ¿hasta qué punto son buenos los deberes?, ¿debemos eliminarlos por completo?, ¿mantener la línea que hasta ahora se venía realizando?

Aquí es donde se encuentra el debate, existiendo posturas extremistas de deberes sí y deberes no. En mi opinión, debemos contemplar un término medio. Uno de los derechos que tienen los niños es jugar, mediante el juego conocen, descubren, socializan, se divierten… Los deberes no deben irrumpir con este derecho de los niños. Por tanto, una posible solución sería que los niños solo tuvieran deberes, por ejemplo, los fines de semana (donde suele haber más tiempo libre); también otra posible solución sería un acuerdo entre profesores, mandando cada semana deberes de una materia para así evitar una acumulación excesiva de deberes por cada materia. Otra buena solución que podemos plantear es dedicar una hora del horario lectivo a los deberes, de esta manera, los niños trabajarían los contenidos aprendidos, desarrollarían hábitos de estudio y todo ello, sin entorpecer su rutina diaria.

Mientras se mantenga este debate, debemos mantener una postura intermedia, evitando los conflictos con nuestros hijos e intentando combinar de la mejor manera posible su tiempo libre (de juegos, de actividades, de parque…) con los deberes.

 


Perdón por una infancia perdida

He de reconocer que a pesar de mis estudios y los años de ejercicio profesional como psicóloga, en mi papel como madre aún me siguen invadiendo dudas e inseguridades sobre la crianza de mis hijas y lo relevante para asegurarles un futuro próspero y feliz. Últimamente he podido leer mucho sobre el tema de los deberes escolares, largos y argumentados discursos de los defensores y detractores de las tareas extra para casa después de una ya de por si larga jornada en el colegio. Y es que actualmente, las tareas en casa no están reguladas a nivel estatal, y normalmente, deciden los profesores o los centros, por lo que queda al libre albedrío del profesor de turno la cantidad de trabajo que nuestros pupilos tendrán que afrontar durante la tarde. Los deberes están tan arraigados en la cultura escolar que muchos los consideran una rutina indispensable o una suerte de condena ineludible….necesaria para coger hábito de estudio.

Ayer mismo calló en mis manos un artículo  del diario El País, que si he de ser sincera consiguió conmoverme y replantearme si realmente la responsabilidad, el amor por el conocimiento y la adquisición de unos buenos hábitos de estudio solamente se pueden adquirir dedicando horas y más horas a los deberes. Se trata de una carta que una madre dedica a su hija con dos objetivos: felicitarla por su buen resultado en los exámenes de la PAU y pedirle perdón por su infancia perdida. Os invito a leerla y a explorar los sentimientos que os suscita. Saquen sus propias conclusiones.

Empiezo esta carta desde los dictados del corazón. Perdóname hija mía, porque en un día lleno de alegrías, yo siento en lo más profundo de mí una enorme tristeza y necesito compartir contigo estas palabras.

Día de notas hoy. Día de números, día de asignaturas, día de resultados. Los tuyos hija, han sido buenos, según refleja la pantalla del ordenador. Así lo han dictaminado los calificadores de la PAU 2016. Una nota alta, más que suficiente para entrar a cursar la carrera que tanto deseas. Pero ante todo, quiero que sepas que necesito pedirte perdón. Considero que has invertido tu infancia, tu adolescencia… tus mejores y más tiernos años dirigidos y destinados a aprender. Ha sido como llenar un tarro poco a poco de conocimientos, no siempre los mejores, pero siempre los necesarios e impuestos para perseguir una maldita nota. Así lo han dictado las circunstancias del espacio y tiempo en que naciste. Siento que los adultos que te rodeamos hemos visto cómo has comprometido tu vida a cambio de una cifra. Bueno, pues ya está aquí, ya la tienes, ya la tenemos todos. Tú, quienes te hemos acompañado en este camino, y principalmente quienes necesitan esa cifra impresa en un papel: la Universidad.

Ahí tienen la nota. Ahí tienen un guarismo más poblando el inmenso listado que llenará los discos duros, que habitará en un tablón, en el que quedan resumidas muchas vidas reducidas a matemáticas. Las cifras ejecutarán el orden de los nombres. Jerarquía ordenada por la nota y que relegará al puesto siguiente al que tenga una décima menos. Entonces, en un lugar arriba o debajo de la lista, alcanzarás la categoría de nombre y apellidos. Más tarde, cerca del otoño ya, a tu nombre, además le pondrán cara. Ya estarás físicamente sentada en una facultad.

Maldita sociedad esta que no sabe sino correr. Que solo se mide en resultados, que no tolera el fracaso, que no acepta sino a quienes ella ha moldeado y considera merecedores de unos resultados que solo ella otorga o deniega.

Qué pena de infancia, relegado el tiempo de los niños solo a la jornada escolar y a un sinfín de estímulos a través de extraescolares y vivencias dirigidas. Todo destinado a tener niños que no paren nunca. Niños hiperestimulados, niños compitiendo, niños en constante carrera… Carrera que a veces presenta más obstáculos de los que debiera, en un intento de ser competitivos y sobresalir, para asegurar unos futuros resultados y posiciones.

En el camino, han perdido un importantísimo bagaje emocional. Se han privado de jugar en la calle, han perdido trabajar habilidades sociales con adultos, con otros niños, ir a las tiendas, interactuar, aprender a ser independientes… Comer un bocadillo de chorizo en la acera, hablando con los amigos. Montar en bici, tener un perro y correr con él… Los horarios se han tragado a nuestros niños. Los niños han sido mini-adultos. Los juegos que han conocido han sido los del ordenador, tablet, etc. Los padres no son verdugos, son víctimas de la difícil conciliación… y esto se extiende a sus vástagos… o mejor dicho vástago, porque también las familias las dicta la sociedad, tiempos estos en que se tiende a tener un único hijo. Qué pena, que además, se vean privados de tener hermanos.

Qué paradoja, qué mal me siento en un día tan feliz. Qué desastre. Porque mi hija ha obtenido un buen resultado, pero lo ha pagado con su esfuerzo y con su propia infancia. Esto es cruel. La vida ya no da marcha atrás. Qué duro es esto, es la pura verdad. Perdóname, hija mía. Solo quise lo mejor para ti, y esta sociedad me obligó a meterte en ella.

Al menos hoy, tanto esfuerzo, constancia y tesón han sido reconocidos. Por quienes ponen las cifras, porque para mí, siempre has sido y serás la mejor, como cualquier hijo para sus padres.”

¡Enhorabuena, hija mía! No te felicito por la nota. Te felicito porque el resultado obtenido te llevará a algo que consideras te hará feliz: la oportunidad de seguir trabajando, luchando y esforzándote por aprender…