Comiendo nuestras emociones

28 octubre, 2019

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Comer forma parte de los procesos más básicos de todos los seres vivos, necesitamos comer para vivir. Gracias a este acto nuestro cuerpo mantiene un equilibrio que permite que hagamos actividades tan variadas que van desde realizar ejercicio o estudiar hasta dormir. Es un proceso que a lo largo de nuestra vida hemos ido sofisticando, hemos aprendido cuales son alimentos saludables y cuales no, hemos puesto horarios, en definitiva hemos llegado a ponerle orden y control… pero en algunos casos este proceso se convierte en un caos.

Aprendemos a comer de forma emocional desde la infancia. Ya desde muy pequeños se utiliza la comida para premiar o castigar conductas (por ejemplo dando una chuche para premiar una buena conducta o castignándola quedándonos sin postre). En la vida adulta todo se celebra en torno a la comida, un cumpleaños, una boda, reuniones familiares alrededor de una mesa, encuentros con amigos para cenar… La comida ya no tiene solamente un significado fisiológico sino emocional y cobra un papel protagonista cuando nos sentimos bien. Asociamos la comida con emociones positivas y esta asociación permanece en el tiempo. Gracias a este proceso asociativo labrado a lo largo de toda nuestra vida, cuando nos sentimos mal, frustrados, tristes, enfadados, preocupados… recurrimos a la comida en un intento de recuperar las sensaciones positivas a las que hemos ido asociando a la comida. Elegimos alimentos que en nuestra vida asociamos a algo placentero, de esta manera consumir ese alimento nos retrotrae a la emoción agradable asociada.

Comer algo porque nos apetezca no entraña un problema en si mismo, se convierte en un problema cuando comer es la única vía de gestión emocional que encontramos. Cuando este proceso es algo habitual en nosotros es el momento de plantearse adaptar estrategias que nos hagan controlar nuestra ingesta emocional.

¿Cómo podemos diferencial el hambre fisiológica del hambre emocional?

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¿Qué podemos hacer para controlar el comer emocional?

  • Analiza la emoción que está sintiendo: nosotros no nos sentimos bien o mal a secas, nos sentimos enfadados, frustrados, decepcionados, tristes, etc. Analizando lo que sientes conseguirás ir a la raíz de tu malestar, y optar por soluciones más adecuadas al problema. Por ejemplo, si te sientes enfadado por que un amigo tuyo fue grosero contigo, la solución de este malestar no la encontrarás en comerte un helado, la encontrarás comunicando tu malestar a tu amigo.
  • Practica ejercicio: el ejercicio te ayudara a asumir control sobre la comida. Cuando hacemos ejercicio disipamos la tensión generada en otras situaciones por lo que no tendrás que recurrir a la comida para hacerlo.
  • Párate y piensa: el comer emocional es impulsivo. Los impulsos tienen dos características: no pensamos en las consecuencias de la conducta que vamos a realizar y como impulso se debe hacer de una manera inminente, inmediata, con urgencia. Por tanto, antes de recurrir a la comida tómate tu tiempo para reflexionar si esa es la solución que estas buscando o solo estás respondiendo a un impulso. Piensa si lo que sientes es hambre o apetencia o si es algo que responde a una emoción concreta que deberías gestionar de otra manera. Si te tomas tiempo para analizar que es lo que pasa, darás el tiempo suficiente para que el impulso no controle tu conducta.
  • No te prohíbas nada: cuando nos prohibimos alimentos, éstos se convierten en un objeto de deseo y por tanto el impulso será más irrefrenable. Si comes algo disfrútalo para ser consciente de ello y no te culpes por hacerlo.
  • Otorga la importancia que se merece la alimentación: Planifica tus comidas de igual manera que organizas otros aspectos de tu vida. Haz una organización de lo que vas a comer y con esto elabora una lista de la compra, así evitarás compras no necesarias de las que puedas echar mano en momentos emocionales negativos. De esta manera además crearas un habito saludable de alimentación.