¿Sabes lo que es el Phubbing?

Cuando por desgracia una conducta negativa se extiende como la pólvora y se generaliza tanto que se llega a normalizar, a alguien se le ocurre un termino para definir lo que pasa. En este caso fueron los australianos hace ya cuatro años, en el 2012, los que comenzaron a hablar de Phubbing, palabreja que viene de phone (teléfono) y snubbing (hacer un desprecio); lo que en cristiano se entiende por ignorar a alguien al estar prestando atención al móvil en lugar de hablar con esa persona cara a cara.

Ahora es cuando piensas “uy que feo eso, yo no lo hago”, ¿estás seguro?…Sigue leyendo un poquito más.

A veces me pregunto como hacíamos antes para quedar, comunicarnos o saber de nuestra gente si no había móviles, y no es que me quiera poner en plan abuelo cebolleta pero lo cierto es que a día de hoy es toda una incógnita y algo impensable si me apuras.

Voy a hacerte unas preguntas muy sencillas para que tu mismo te evalúes, cuando vas a tomar algo o a cenar con los amigos ¿sacas el móvil y lo dejas en la mesa?, bueno o no me voy tan lejos, cuando estás en casa ¿te llevas el móvil contigo a donde vas?, si tu respuesta ha sido un si, y encima iba acompañada de “es que si no no lo oigo” (no creo que todas las llamadas o whatsapps que recibas sean de vida o muerte, probablemente no pase nada por contestar cinco minutos mas tarde) o “ a ver si me van a llamar y no me entero” (¿vives en un castillo?), creo que sería bueno plantearse alguna cosilla.

Cuantas veces estando en una cafetería he visto que llega una pareja, se sienta y lo primero que hacen es sacar sus teléfonos y navegar. Y si uno de ellos no lo hace, termina cayendo al ver que su compañero lo ignora. Por eso el phubbing se está normalizando, por la reciprocidad que conlleva en muchos casos.

Te levantas y lo primero que miras es el móvil, lo tienes en la mesita por la noche por si acaso, cuando en el ajetreo del día tienes algún momento de parón o descanso miras el teléfono,  y si se te olvida en casa estás al borde del infarto, porque¡¡¡¿¿y si me llaman??!!!!.  En las salas de espera no sé para que hay revistas, si todo el mundo está mirando su teléfono, y no quiero hablar de los padres que sueltan a sus hijos en los parques infantiles y descubres que los ángeles existen, porque están protegiendo a ese niño que ha pasado ya veinte veces por delante del columpio en movimiento, o que se está marchando del parque sin que su padre se entere porque está inmerso en contestar whatsapps, mirar el facebook o leer la prensa. O en una conversación entre amigos se habla de algo y sieeeempre hay alguien que acaba haciendo un parón para buscar en internet la información o foto de eso de lo que estáis hablando.

El móvil es una herramienta tremendamente útil, para mi trabajo por ejemplo es muy importante, y el whatsapp creo que es uno de los mejores inventos. Mi hermana vive en Bélgica y el poder hablar con ella todos los días me ayuda a sentirla cerca. También soy madre, y saber que estoy localizada me da tranquilidad. Con todo esto quiero decir que el teléfono tiene una parte muy buena, pero hay otra que no es tanto y que quizá estés ya en ella y no te hayas dado cuenta.

En la Universidad de Kent (Australia) encontraron dos  factores  influyentes para predecir la dependencia a internet y los smartphone: la capacidad de autocontrol del usuario (menos autocontrol, mas miro mi teléfono y más phubbing hago) y el miedo y la preocupación a quedarse descolgado de eventos, sucesos y conversaciones, lo que lleva a un uso problemático del móvil.

¿Cómo afecta el Phubbing a mis relaciones? El simple hecho de que el móvil esté presente provoca que la percepción de cercanía, confianza y calidad de la conversación entre dos personas disminuya peligrosamente . Y las constantes interrupciones consiguen que las necesidades de apego y atención no sean satisfechas. Con lo cual puede que me esté perdiendo cosas importantes de la vida de alguien a quien quiero y tengo delante.

Haz la prueba. Sal un día, una tarde sin el teléfono,sé que tendrás respuestas para todo lo que yo he ido diciendo, y seguro que son válidas, pero aún así intentalo. O déjalo guardado en el bolso. Si ni siquiera te lo planteas, sí tienes un problema.

 


Historias de gente corriente

Podría haber escogido otro, de entre tantos, de entre tantas historias , de entre tantos testimonios…. Pero este me gusta, es reflejo de una vivencia…dura…estremecedora….valiente…Un reflejo del dolor…del miedo ….la incertidumbre…la esperanza…. Es el de Flory, pero podría ser el de muchas otras. Y es que así el es el cáncer, una enfermedad no solo afecta físicamente a las personas sino también psicológicamente. Una enfermedad que nos obliga a aceptar que la vida tal y como la conocíamos hasta ahora ya no va a ser igual. Una enfermedad que despierta en el que la padece miedo a vivir…y también miedo a dejar de hacerlo. Pero muchas veces los cuentos terminan bien y después de la lucha quedan las lecciones de vida, el crecimiento personal, la capacidad de valorar las pequeñas cosas….

Por vosotros Rosa, MªJose, Ángel…lo que habéis escrito en mi alma…estará escrito para siempre…

Suena mi teléfono, es mi hermana. Ella está al tanto de todo, sabe que tengo un cáncer de mama y que me han hecho una mastectomía en el pecho izquierdo, sabía que iba a ir a la oncóloga a por los resultados de anatomía patológica.
-¿Qué tal, qué te ha dicho el médico? Me pregunta.
-Lo que me esperaba, he estado un rato hablando con la doctora, me ha dicho que es mejor que me den unos ciclos de quimioterapia, solo cuatro sesiones, el tumor es pequeño y no es muy agresivo, pero hay que hacerlo, para asegurarse. Le he preguntado que si se me va a caer el pelo y me ha dicho que casi seguro que sí, y me ha recomendado que me vaya mentalizando. Le he dicho que iba de fiesta el domingo, se ha reído, y me ha dicho que vaya y que el lunes a las 8,30 esté en el hospital.
Era martes, no tenía ganas de pensar en nada y me fui a la peluquería a cortarme el pelo. La peluquera es mi amiga y me hizo un corte que reconozco que me gustó porque me vi bien con mi nuevo look. El domingo fui a mi fiesta, y me divertí todo lo que pude, casi nadie sabía que al día siguiente empezaría mi tratamiento de quimioterapia, tampoco lo conté.
El lunes, a las 8,30 estaba en el hospital, me sacaron sangre y me dijeron que me fuera a desayunar; había que analizar mis defensas, y los resultados tardarían un buen rato. Así lo hice, tomé un café con leche y dos porras, con azúcar, me apetecía, y decidí que a partir de ese momento no me iba a andar con miramientos. Iba acompañada de mi marido, el pobre no dijo nada. Cuando me zampé mi desayuno, volvimos a la consulta de oncología. Apenas llegamos, me llamaron, me dijeron que mis defensas iban bien y que pasara a mi primera sesión, ahí ya me asusté un poco.
Entré en aquella enorme sala llena de sillones azules con enfermos sentados y cada uno con una especie de percha en la que colgaban unas bolsas amarillas tapando el líquido que entraba en sus venas. Había personal médico, pacientes… y solo un sitió vacío esperándome. La enfermera que preparaba los tratamientos iba informándome de todo lo que podría sucederme; ya me lo había dicho la oncóloga, me recomendó que trajera algo para leer y que me tranquilizara, incluso me dio un Orfidal para relajarme… Y aquello empezó a entrar en mi cuerpo, sentí una sensación extraña. Cuando le tocó al líquido rojo… Desde entonces, le tengo manía a las bebidas de ese color. Ya sabía yo que ese era el que iba a hacer que me quedara sin pelo, pensé: a lo mejor a mí no se me cae.
Tras casi tres horas, se acercó la enfermera que me retiró la vía, salí del hospital, mi marido me esperaba con el coche en marcha, monté y no quise hablar, ya casi llegando a casa él me pregunto qué tal estaba. Le dije: -De momento, no noto nada, solo tengo ganas de llegar a casa.
Y llegué a casa y comí, no recuerdo qué, pero sí recuerdo que yo misma dejé la comida hecha el día anterior, cómo hago siempre. Me gusta cocinar para mi familia, y muy mal tengo que estar para no hacerlo. Después de comer, no dejé a nadie que me ayudase a recoger la cocina, nunca he querido ser ni parecer una inútil, yo cuando me vaya, me gustaría hacerlo de pie, como los árboles.
No pude acabar mi tarea, empecé a sentir una especie de mareo extraño, me fui al sofá del salón, intenté tumbarme pero no podía tampoco estar tumbada, según avanzaba la tarde iba sintiéndome peor, así, hasta cuatro días seguidos, sin ganas de comer y sin fuerzas. Lloré, pensaba que me iba a morir porque jamás me había sentido tan mal. Eso pasó; al quinto día, volví a comer, y empecé a sentirme mejor. Era verano, de día casi nunca salía, por la noche salíamos a pasear, a veces, nos sentábamos a tomar un helado, recuerdo que el helado me apetecía, es increíble la paz que me daban aquellos paseos.
Todas las mañanas, me miraba en el espejo y me peinaba, pensaba que lo mismo a mí no se me caería el pelo… Pero, no, a los diez o doce días de esta primera sesión de quimio, noté una sensación extraña en la cabeza, el pelo empezó a quedarse en el cepillo, en las manos si lo agarraba…
Yo tenía ya seleccionada mi prótesis peluda, porque a pesar de mi deseo de no quedarme calva, mi amiga Paloma me llevó a una tienda de pelucas portuguesas, que por cierto, cuando se enteraron para que iba a servirme mi doble cabellera (casi igual que el pelo que llevaba), me la rebajaron un montón.
Los días iban pasando, me quitaba la peluca fuera del espejo y me ponía el pañuelo, incluso me lo dejaba para dormir, no quería que mi marido me viese sin pelo, cuando el nada decía, respetaba mi decisión en silencio. Esa fue su forma de actuar en todo momento.
Recuerdo que una noche fui a ponerme el pijama, cerré la puerta del baño y me puse delante del espejo, desnuda, sin pecho y sin pelo, no lloré, increíblemente, me acepté. A partir de ese día no tuve miedo al espejo, eso sí, solo yo podía verme.
Pasaron 21 días, y llegó el segundo ciclo, de vuelta al hospital, igual que antes en la sala de los sillones azules con bolsas amarillas. Esta vez fue otra enfermera la que hizo los preparativos. No me conocía, pensaba que era el primer día, y me volvió a contar lo mismo, yo iba con mi peluca y me dijo:
-Se te caerá el pelo.
La miré y me sonreí. Le dije: -La traigo puesta, este es mi segundo ciclo.
No dijo nada y se fue porque otro paciente la llamaba. Saqué mi librito de sudokus e intenté hacer uno, no me concentraba y empecé a observar al resto de los enfermos, uno a uno, imaginé cómo sería su vida fuera de aquella sala. Había gente de todo tipo: un señor a quien le gustaba mucho leer y en voz alta decía que libro estaba leyendo; una señora que llevaba un gorro que me gustó, y a mi lado había una extraña mujer con unos labios y ojos mal pintados, mal vestida, mal peinada, ella tenía pelo, me contó su vida, al parecer había sido prostituta y tenía un hijo que no quería saber nada de ella, era el amigo del hijo el que la llevaba. ¡Pobre mujer! Me di cuenta de que desgraciadamente mucha gente de distintas edades y clases sociales tienen cáncer.
Terminó mi sesión, mi marido me dijo: -Ya te queda solo la mitad.
Me consolé un poco, esta vez fui con él dando un paseo hasta el coche, incluso me llevó a ver la universidad donde mi hijo iba a examinarse de Selectividad. Yo no hablaba para no preocupar a mis seres queridos, pero pensé que a lo mejor no iba a ver a mi hijo hacerse mayor. De momento, ahí anda mi niño, hecho un hombre y terminando su carrera, y yo, todas las mañanas le preparo el desayuno, porque me gusta.
Los cinco días siguientes, mal, solo podía tomar un poco de leche, jamón york y fruta fresca, que la mayoría de las veces vomitaba. Aun tomando un medicamente llamado Primperan, no tenía ganas de nada, pero sabía que eso pasaría. A veces, me daba por pensar que si me muriese, mi familia no sabía dónde tengo mis cosas importantes. Un día, le conté a mi hijo que es lo que tenía que hacer si me pasaba algo. Le sentó muy mal. Le dije: -hijo la muerte es algo de lo que nadie se va a librar, yo quiero que hagas lo que te pido.
Le dije que ya no quería que me incineran, pues sería muy complicado tirar las cenizas, que quería que me enterrasen junto a su padre (suponiendo que yo me iba a ir antes). Bueno, si es que su padre lo deseaba y no se casaba con otra. A todo esto, mi marido no decía nada, ni caso
Y llegó el tercer ciclo, ya había asumido todo lo que me iba a suceder… Nada mejor que aceptar las cosas. De nuevo, la sala, a ocupar el sitio vacío, esta vez en medio de una jovencita, quien estaba muy asustada porque era su primer día, y de un joven que ya llevaba algo más. Les hice una especie de saludo, me senté y puse mi brazo sobre aquel cojín donde la enfermera me inyectó. Cerré los ojos y me consolé pensando que a pesar de mi desgracia era una privilegiada. Yo tenía gente que me cuidaba, un hogar confortable… Pero nunca la felicidad es plena, siempre hay algo que te recuerda que el mundo no es perfecto.
Y por fin, mi última sesión, ya sabía yo que aquella tarde tocaba sofá, y estómago revuelto, tenía hongos en la boca que me impedían comer, y hongos en las uñas de los pies. Esperaba a la noche para dar un paseo acompañada de mi marido, nos sentábamos en un banco y hablábamos de nuestras cosas. Él decía: -Cuando estés un poco mejor nos vamos unos días a la playa, si te apetece.
Me gusta el mar, la playa del Levante, él lo sabe. A final de agosto, fuimos unos días a la playa. Recuerdo que cuando me vi sentada en la orilla se me saltaron las lágrimas… Había pensado que no volvería.
Fue allí donde medité y asumí que a partir de ese momento solo iba a vivir el presente. Afortunadamente, fui mejorando. En septiembre, me quité la peluca, la metí en su caja y la coloqué en un lugar muy alto del armario, tenía el pelo muy corto pero me sentí liberada. Mi pelo empezó a crecer rápido, mucha gente me decía que estaba muy bien con el pelo corto. Me gustaba cuidar mi imagen, volví a mi vida. Reconozco que yo ya no era la misma, aprendí a valorar otras cosas menos materiales, a disfrutar de mi familia y de mis amigos y de mis relatos, estos que cuento, unos mejor que otros pero tampoco aspiro a ningún premio literario, aunque (modestia aparte) me han ofrecido publicar un libro.
Fue una etapa muy dura la de la quimioterapia, la pasé. Espero no volver a la sala de los sillones azules con bolsas amarillas, pero si así fuera, ya sé cómo ir.

(Testimonio extraído de la revista Rose)


Mi lista de deseos

Hace un tiempo si me hubiera puesto a escribir mi lista de deseos sería tan diferente a la de ahora…, no sé si por madurez o más bien por los acontecimientos de mi vida, han hecho que mi visión de la vida sea menos romántica pero sí mucho más práctica.

Pese a que en muchas ocasiones las cosas se ponen difíciles y seguir con tu día a día es casi imposible, crees que ya no puedes más y que es el momento de tirar la toalla, hay algo en mi cabeza que me hace parar y respirar profundo, es justo en ese momento cuando en el fondo de mi memoria aparece esa lista, La Lista de los Deseos.

Es en ese momento cuando me doy cuenta que me quedan muchas cosas por vivir, quizá no de la forma que había planeado, en mi lista actualizada soy menos exigente, más conformista, comprensiva, divertida, con menos miedos, más segura, más divertida…y sobre todo mucho menos materialista.

Es así como consigo continuar con mi vida, da igual lo cuesta arriba que se ponga, tengo claro lo que quiero y peleo por conseguirlo, y sobre todo disfruto de esos deseos, porque cada vez son más fáciles de conseguir.

Os invito a todos que reviséis vuestra lista de deseos y la pongáis al día, os ayudará a ser un poquito más felices, porque seguramente podáis cumplir alguno de esos deseos, yo ya lo he conseguido.


Una difícil decisión

Hay ocasiones en las que nos toca enfrentarnos a situaciones muy complicadas, como cuando tenemos que tomar decisiones que marcaran tu vida para siempre, es una prueba difícil a la que enfrentarse, y en el primer momento crees que esa decisión te pesará durante toda la vida, pero con el tiempo te das cuenta que esa decisión lo que te ha hecho es más fuerte y ha aumentado tu confianza en ti mismo.

Este vídeo muestra una situación límite en la que el protagonista nos cuenta como fue tomar esa decisión tan crucial en su vida y como se sintió después.


Cuelga tus problemas

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El otro día buceando por Internet  encontré un cuento, muy cortito, que hoy quiero compartir con todos vosotros, es de esas historias que sin querer te hacen pensar, algo que a mí me gusta mucho, y replantearte el como afrontar el día a día con decisión, viendo el vaso medio lleno y no medio vacío, con una actitud positiva y seguro de uno mismo.

Os propongo un reto, que al menos una vez por semana, sigamos el ejemplo del carpintero del cuento y dejemos aparcados los problemas, aunque solo sea durante una horas, seguro que cuando volvamos a por ellos habrán cambiado, no sé si mucho o poco, y los resolveremos más fácilmente.

Esta historia es de Adriana Sivolella y la ha titulado El árbol de los problemas. 

“El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja, acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se daño y lo hizo perder una hora de trabajo y ahora su antiguo camión se niega a arrancar.

Mientras lo llevaba a casa, se sentó en silencio. Una vez que llegamos, me invito a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos. Cuando se abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena de sonrisas; abrazo a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa.

Posteriormente me acompaño hasta el carro. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunte acerca de lo que lo había visto hacer un rato antes. ‘Oh, ese es mi árbol de problemas’, contesto. Se que yo no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura, los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego en la mañana los recojo otra vez.

Lo divertido es, dijo sonriendo, que cuando salgo en la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior.”


¿Cómo se siente mi hijo?

Normalmente los padres solemos dar mucha importancia al aprendizaje de nuestros hijos, que aprenda a escribir, a leer, a lavarse solo los dientes, a ir al baño , que se fije al cruzar la calle, que no diga esa palabrota, que no grite porque puede molestar y así podría seguir con un sin fin de cosas mas, porque a medida que el niño crece, cambian las cosas que queremos que nuestro hijo domine, las asignaturas del colegio, las normas de casa…, pero nuestro afán porque sea un pozo de sabiduría no varía, es más, yo diría que aumenta.

Algo que a los padres no nos hace ningún favor son los “ratos de parque” o “salidas del colegio” , esos momentos en los que los progenitores nos ponemos a hablar con otros padres sobre nuestros retoños y caemos en las temidas y angustiosas comparaciones. “Ay pues el mío esto no lo hace…a ver si se va a quedar atrás” y con tan solo ese pensamiento ya tenemos suficiente para considerar que “mi hijo necesita más caña, tengo que estar más encima de él”.

He de reconocer que la primera en morder la manzana envenenada fui yo, un día al salir del cole, cuando mi hijo mayor estaba en primero de infantil, el grupo de padres en el que me encontraba, comentaban que sus niños ya se vestían solos, lógicamente hice lo oportuno, pregunté al papá con el que tenía más confianza “Oye, tu peque ya se viste solo?” y la temida respuesta fue “sí, le cuestan un poco los calcetines, pero el resto lo hace él”; ay madre, casi me da algo, “TODOS hacen esto menos el mío…” mi cara era un poema, se apodero de mi el miedo a no avanzar, el miedo a que mi hijo fuese diferente…menos mal que eso me enseñó lo absurda que puedo llegar a ser a veces, y las tonterías sin importancia que me pueden llegar a preocupar.

Todos los niños tiene sus tiempos, NO avanzan a la vez, en mi caso, mi hijo mayor nació en diciembre, es de los pequeños de la clase. Si cuando empezó el cole aún se le notaban los hoyos de bebé en las manos…y yo ya pretendía que estuviera, a lo que YO consideraba, la misma altura que sus compañeros, sin darme cuenta que con algunos se llevaba un año.

Que nuestros hijos posean conocimientos es fundamental para un adecuado desarrollo, pero en mi camino como padre ¿me esfuerzo de la misma manera para que mi pequeño sea conocedor de sus emociones?, ¿le enseño a que sepa diferenciar cómo se siente? o doy por hecho que eso no es tan importante y que son cosas que irá aprendiendo sin más, o incluso, quizá es algo que ni siquiera me había planteado que debía aprender. Desde Cips psicólogos te animamos a que empieces ya, no es tarde. Pero si quieres que tu hijo sea un adulto emocionalmente sano, que desarrolle adecuadamente su inteligencia emocional, que no tenga dificultades para saber qué le pasa, empieza por  enseñarle ahora que es niño cómo se siente cuando tiene miedo, está tranquilo o quizá triste; sólo así aprenderá a gestionar sus estados de ánimo, a saber qué los provoca y a entender cómo se pueden sentirse otras personas.

Y la gran pregunta ¿y eso cómo lo hago? yo os recomendaría utilizar algún cuento, dibujos, todo aquello que sea muy visual. Yo con mi hijo Samuel he empezado a leer “El monstruo de colores”, os lo recomiendo. Cada emoción es un color, el rojo es el enfado, el azul la tristeza, el amarillo la alegría…y eso ayuda al niño a identificar sus emociones y a verlo como un juego, que es de lo que se trata en definitiva. A raíz del libro, entre nosotros ahora surgen muchas conversaciones del tipo “Samuel creo que ahora te estás poniendo rojo” así le ayudo a que en el momento descubra cómo es sentirse enfadado, o “cariño, ¿hubo algo hoy que te hiciera estar amarillo? a mí hoy me puso amarilla el ver como jugabais tu hermana y tú”. Aprovecha para contarle cosas que a ti también te hagan sentirte triste o enfadado, son ejemplos para él que le ayudarán y animarán a contarte. Aunque también tienes que estar preparado para sus respuestas; el día que antes de acostarlo le pregunté “¿hoy hubo algo que te pusiera azul?” y me dijo, “mamá a veces me pongo azul cuando te vas a trabajar…” ay… en ese momento mi corazón se encogió.

Sin duda estas conversaciones generan una intimidad increíble, y lo más importante, le enseñas a tu hijo a que puede hablar contigo de cualquier cosa, y eso está claro, no tiene precio.

 


Ser mamá, lo que no nos han contado

 

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“Yo me imaginaba que sería más fácil, no pensaba que María fuera a ser tan dependiente de mi y que requiriera tanta atención. Al principio es difícil, porque no sabes como cogerla, como bañarla… Yo pensaba que era bonito ser mamá, que todo sería de color de rosa. La realidad es más fuerte, porque hay que crecer mucho para ser mamá y hay muchas cosas que hacer cuando tu estás muy cansada…”          

   Lucia Suárez, 34 años, mamá de María 

 

 

 

En general, las mujeres tenemos muchas expectativas respecto a lo que significa ser una buena madre, muchas de ellas influídas por la cultura y la construcción social de lo que son los roles maternales. La abnegación, el amor incondicional, la ternura,el sacrificio…son algunas de ellas. Para muchas mujeres esto es una fuente de tensión, porque tienen miedo a fallar y a no saber cuidar al recién nacido/a, como interpretar su llanto, como amamantarlo, a no tener suficiente leche, como cuidarlo si enferma…en definitiva a fracasar.
Como mamíferos que somos, disponemos de reacciones espontáneas frente a nuestras crías , si bien, debido al entrenamiento y control producido por la socialización, éstas se han perdido y nuestros instintos luchan ante preguntas como, ¿que debo hacer?, ¿hay que dejarlo llorar?, ¿y si le estoy malcriando?, ¿se acostumbrará a mis brazos?,¿cómo va a tener hambre otra vez?, ¿habrá comido bastante?…
Por otro lado, después de dar a luz, la mujer sigue teniendo otras funciones como atender las demandas de la pareja o del grupo social, las tareas domésticas, el trabajo fuera de casa, las actividades para el desarrollo personal o de autocuidado , la necesidad de descanso, etc, las cuales entran en conflicto con el deseo de ser una buena madre. Además, debido al gasto de energía que significa la lactancia y la falta de sueño por las demandas del lactante durante la noche la mujer se enfrenta a todas sus funciones con un tremendo cansancio físico. El resultado es un sentimiento de culpa ante este conflicto de intereses.

Desde Cips psicologos, consideramos que desde un punto de vista psicológico y social, el postparto es una experiencia difícil para las mujeres, por las demandas del recién nacido, el deseo de cumplir con las funciones maternales de la mejor manera posible, sin desatender las otras funciones dentro y fuera de casa, y por la inseguridad que con frecuencia tienen a cerca de la manera en que deben cumplir con ellas.
La mujer vive un periodo difícil ya que experimenta no sólo cambios a nivel anatómico y fisiológico, sino un cambio de roles, en la relación con la pareja y la familia y sobre todo cambios importantes en el plano emocional y en los intereses y prioridades. Esto es especialmente difícil en las primeras semanas, en las que la mamá tiende a tener centrada su atención en el bebé y difícilmente cambia su foco de atención a otras tareas.

El periodo del postparto constituye una etapa de transición, en la que de la estrecha relación que hay entre la madre y el hijo/a durante el embarazo, se da paso a un periodo de mayor autonomía para ambos. Esta transición a ser madre, es de gran importancia para la mujer, para su autoestima, su satisfacción personal y la construcción de una identidad positiva de si misma.
El postparto es por tanto, una etapa fundamental para la madre y para el hijo. En el caso de la madre lo es no sólo para su recuperación física sino también para el aprendizaje de las funciones parentales. En el caso de los hijos, constituye un periodo esencial en su vida y en su desarrollo personal. Pero sin duda es una etapa crucial en el establecimiento del vínculo afectivo entre el recién nacido y sus padres.

Consideramos por todas estas razones, que los profesionales sanitarios, debemos trabajar conjuntamente para prestar una atención integral a la mujer tras el parto, atendiendo no sólo los aspectos médicos sino también los aspectos psicológicos y sociales que surgen en esta etapa. Es nuestra obligación trabajar en proporcionar a la madre, al padre y a los bebés la atención y el apoyo que les permita vivir esta experiencia de una manera saludable y enriquecedora a nivel personal.


Se hacen mayores… Empieza el cole

   vuelta al cole Desde que nuestros hijos nacen pasamos por muy diferentes etapas, unas más complicadas que otras, pero de momento, para mí que empezara el cole de mayores ha sido la más difícil.

He tenido que parar un momento y adaptarme a las necesidades de mi hijo, que por supuesto no eran las mismas que las mías, utilizando la empatía he sido capaz de ver lo que sin hablarme me estaba diciendo: “tengo miedo, no vas a estar a mi lado”, “el cole es muy grande y yo muy pequeño”, “y si…¿los niños no quieren jugar conmigo?, “y si… ¿no vuelves a buscarme?”

Durante este periodo que ha sido muy corto, apenas un par de días, he puesto en práctica algunas de las pautas que yo doy a los papas de mis pacientes, en consulta, y aunque ya sabía que funcionan, mi adaptación y la de mi hijo a la nueva etapa, el cole de mayores, ha sido espectacular. Por eso, desde Cips Psicólogos, quiero compartirlas con todos vosotros:

• Tener paciencia: empezar el cole es un cambio importante, es normal que todos estéis algo más nerviosos, tomároslo con calma, es cuestión de días, hasta que todos os acostumbréis a las nuevas rutinas.
• Transmitir seguridad: explicarles lo importante que es hacerse mayores y lo bien que lo están haciendo. A veces los padres no llevamos bien los primeros días de cole, yo la primera, pero es importante no contagiarles nuestros miedos, en la mayoría de los casos serán infundados por el desconocimiento.
• Recoger a vuestros hijos del cole con una sonrisa: aunque hayamos tenido un día duro de trabajo, vuestros peques llevan esperando muchas horas el momento del reencuentro.
• Preguntarles: hay que saber cómo les ha ido el día, eso sí, sin agobiar con infinidad de preguntas. Además de lo que os cuente su profe, no tenéis que perder de vista las impresiones de vuestro hijo.

Por eso el cole de mayores de mi hijo me ha enseñado un montón de cosas que seguro ya sabía pero de las que no era consciente: tenemos que dejarles crecer y evolucionar, estando a su lado, respetando sus tiempos y dándoles la autonomía que necesitan.

Carmen Calvo


Y de repente un extraño…(la separación en verano)

Seguramente la mayoría de nosotros esperamos las vacaciones estivales como si de una necesidad se tratara. Disfrutar del descanso merecido después de un año de trabajo, el sol, la playa, el tener más tiempo para compartir con la pareja…o quizá esto último no?!.

Y es que las vacaciones pueden provocar verdaderos estragos en una pareja en la que las cosas van aparentemente bien, REPITO, aparentemente.

He escuchado mas de una vez en consulta “nadie se creería que estamos aquí, a cualquiera que le preguntes piensa que somos la pareja perfecta”. Entonces ¿por qué el verano puede pasar factura a mi relación? existen varias razones.

Lo primero, y siento decirlo así, quizá tu relación no era tan sólida como pensabas. A lo mejor ya no tenéis tantas cosas en común como al principio. Los quehaceres diarios, el trabajo fuera y dentro de casa, el no compartir momentos, los niños…y es que no tienen que ser grandes problemas los que separan a una pareja, pero quizá esas cosas han ido provocando el nacimiento de pequeñas brechas en tu relación sin que te dieras cuenta, y durante las vacaciones ya se han convertido en grietas enormes, y para tu sorpresa te das cuenta de que apenas conoces a la persona con la que compartes la cama.

Otra razón muy simple pero real como la vida misma, es que en vacaciones, de repente pasas de estar un ratín al día con tu pareja a disfrutarla o padecerla (según se mire) las 24h, y claro, los conflictos aparecen como setas.

Para intentar prevenir o mejorar esta situación, en Cips Psicólogos te recomendamos algo fundamental. Podría hablar de varias pautas a seguir pero es cierto que a veces cuando nos dicen muchas cosas, nos puede entrar el agobio, “buff es imposible que cambie todo eso, asi que me quedo como estoy” o no suele pasar eso cuando decides bajar unos kilos y empiezas a leer que debes beber no sé cuanta agua, comer tantas piezas de fruta, hacer más ejercicio del que haces, añadir una alimentación…..ay, solo de escribirlo ya me canso.

Lo que voy a decirte seguro que ya lo sabes, pero saber algo no significa que se haga, o no?

Habla con tu pareja, la comunicación es la clave. Que me da la sensación de que estamos distantes, se lo digo; que hay algo que no me gusta, se los digo; que hay algo que me agrada, también se lo digo (no voy a expresar solamente lo negativo, es necesario mantener un equilibrio, y que conste que hablar las cosas no es fácil, soy consciente, pero si necesario).

Cualquier dificultad que haya surgido entre vosotros, en el fondo es porque no se habló en el momento, se dejó pasar. Una infidelidad, un distanciamiento, un cambio en los sentimientos, sensación de soledad, problemas en la organización doméstica y diaria…

Y aquí viene la segunda parte, ¿¿Y cómo hablo con mi pareja para que me entienda y no le parezca mal??, la respuesta aparecerá en otro de nuestros blogs.

Miriam Otero

 

 

 

 


Cuando se acaba el verano, los coleccionables por fascículos

“Cada vez que se aproxima el final del verano, me vienen a la memoria todos esos recuerdos de mis vacaciones infantiles.

Yo esperaba ansiosa el final del curso, la llegada de aquel periodo del año en el que el tiempo pasaba de forma distinta, sinónimo de libertad, noches estrelladas, paseos en bici, risas con amigos y amores de verano.  Un tiempo para chanclas y bocatas de tortilla, para fiestas de pueblo y castillos de arena. Aquellas vacaciones eran geniales o al menos eso le parecía a una niña de 14 años.

También recuerdo la llegada del mes de septiembre. Aún con el olor a salitre en una piel enrojecida por el sol, en la televisión comenzaban los anuncios de coleccionables por fascículos, señal ineludible del final del verano. Diferentes emociones emergían en mi, al reclamo de miles de artículos inútiles que a precios asequibles te persuadían para empezar colecciones que a ciencia cierta todos sabíamos que nunca íbamos a completar.

Una sensación de nostalgia me invadía, ante un verano aún inacabado y la inminente llegada de un otoño cargado de obligaciones y responsabilidades, de mochilas cargadas y legañas en los ojos.

Mas de 20 años después, y en distintos escenarios,el verano sigue siendo verano y las emociones siguen siendo las mismas”.

Para la población en general, el regreso de las vacaciones, cuando debemos retomar con nuestra rutina habitual, con las responsabilidades y exigencias del día a día, es un momento en el que encontramos dificultades de adaptación. La capacidad de adaptarse al entorno es un indicador de bienestar psicológico, y cuando existen dificultades de adaptación, las personas sentimos un estado de malestar.

El síndrome postvacacional, se manifiesta a nivel físico y emocional. En lo referente al primer aspecto, el cansancio,la falta de apetito, los problemas estomacales,etc, pueden ser algunos ejemplos. Respeto al segundo factor,  un bajo estado de ánimo, la irritabilidad, las dificultades de concentración, la inquietud, la apatía, la falta de interés o motivación,etc, surgen como una resistencia a la adaptación.

Desde Cips Psicólogos, queremos ayudarte a afrontar de una forma más adaptativa la vuelta al trabajo. Y para ello te damos algunas recomendaciones:

-Unos días antes de la vuelta, trata de introducir hábitos rutinarios, de retomar paulatinamente los horarios de acostarte y levantarte, los horarios de las comidas, etc.

-Trata de incorporarte de una forma gradual a la actividad laboral. Empieza si es posible a mitad de semana y trata de ir regulando la intensidad de la actividad.

-Organiza tu tiempo y diviértete. Del mismo modo que empleas un tiempo al día a trabajar, asegúrate de dedicar un tiempo también para ti mismo y las cosas que te gustan.

-Mantén una actitud positiva y no te centres exclusivamente en la sensación de malestar.

-Ten paciencia. El síndrome postvacacional es pasajero. Una vez que te hayas encarrilado en tu rutina, los síntomas desaparecerán. Es cuestión de actitud y de tiempo.