Mi experiencia como psicóloga

Si por cada vez que he oído “yo es que no creo mucho en los psicólogos” me dieran una moneda, a estas alturas creo que tendría para comprarme un coche y pagarlo a toca teja.

También está el “si vas al psicólogo es que estás pirado”, “¿pero el psicólogo para qué sirve?”, o mi favorita “el psicólogo sólo escucha, para eso me tomo un café con un amigo”.

Cada vez que escucho alguna de estas cosas siento como si me dieran un campanazo en la cabeza, pero bien es cierto  que no se puede culpar a nadie por pensar así, está claro que el miedo es libre, y a pesar de que hoy  en día vivimos en la era de la tecnología y la información, sigue existiendo un gran desconocimiento sobre la figura del psicólogo.

No voy a contar qué es un psicólogo, para eso está el señor Googel que seguro que dará una respuesta estupenda; voy a compartir mi experiencia como profesional.

En primer lugar he de decir que cada vez que alguien se sienta en la silla que tengo delante me siento una privilegiada. Que una persona me haga participe de su vida contándome todo aquello que le hace daño, que le preocupa, que le da miedo…cosas que a veces no ha contado nunca a nadie…me parece que es uno de los mayores regalos que alguien puede hacerte, por que compartir “tus miserias” de primeras te hace sentirte muy vulnerable.

Cuando uno expresa en voz alta lo que le pasa, en ese momento lo hace real, y no todo el mundo está preparado para dar ese paso, a veces uno está acostumbrado a “tengo que tirar para adelante” o a “no pasa nada, lo que me hace daño lo meto debajo de la alfombra, si no se ve es que no es real”. Por eso hay que respetar los tiempos que tiene cada uno e ir al psicólogo cuando es decisión  propia.

Yo no doy consejos de café, para eso no hice 5 años de carrera más años y años y años de formación de cursos, masters, talleres…es más sigo formándome (de ello pueden dar fe mi marido y mis hijos) porque la vida va cambiando y trabajo con personas que también cambian y se merecen que el profesional en el que confían esté como mínimo actualizado.

He de reconocer que no es un trabajo fácil, que en muchos momentos tengo que tragar saliva y que hay historias, personas que tocan mi corazón. Por eso cuando alguien me dice “Miriam gracias por lo que me has ayudado” siempre pienso “no, gracias por lo que me has ayudado tú a mí”, porque yo soy la primera en aprender.

A veces pienso que menos mal que mi cabeza no es transparente, porque en el momento en el que alguien empieza a hablar, mis neuronas comienzan a trabajar para ver como encajarlo todo y qué camino hay que seguir. No todo vale para todos, cada persona es distinta y también lo son sus necesidades.

Me parece muy valiente que alguien decida cambiar, por eso todas las personas a las que intento ayudar tienen mi respeto y admiración.

¿Cuál es el objetivo para mí? Pensar de qué manera puedo cuidar y cómo se va a sentir cuidada la persona que en ese momento está desnudando su alma. Sigo y seguiré aprendiendo.


¿Conciliación familiar? ay que me da la risa…

Este es  mi despacho, el lugar de trabajo en el que paso muchas horas.  Lo cierto es que me encanta. Tiene muchísima luz, es acogedor, cálido, espacioso y tranquilo, pero ¿sabes a quién no les gusta tanto? a mis hijos, ¿la razón? tienen que compartirme con él.

En estas últimas semanas he vivido dos hechos que han reforzado ese sentimiento de culpa que muchas madres trabajadoras arrastramos por el hecho de dejar a nuestros retoños con padres, abuelos, cuidadores, guarderías, etc. El primero de ellos fue con mi hija Lara de 4 años. Un día mientras me preparaba para ir a trabajar por la tarde, cuando ella se dio cuenta, empezó a perseguirme literalmente por toda la casa, era como mi sombra, se enganchó a mi pierna a la vez que con una vocecita susurrante que te parte el corazón me iba repitiendo “mamá no quiero que te vayas, voy a echarte de menos”. En esos momentos da igual lo que intentes hacer, abrazarla, besarla, decirle que llegarás en cuanto puedas…nada sirve, y automáticamente a esa voz que te traspasa el corazón se le añade el puchero que luego se convierte en lágrimas de tristeza. Y ala, allá me voy yo sintiendo que soy la peor madre del mundo y mi corazón se encoge al tiempo en que trago saliva para intentar no dejarme llevar por la tristeza que a mí también me ha contagiado.

Y sí, ya sé que luego se le pasa, que ella va a estar bien y que no hay que dramatizar… pero el atragantón y el comedero de cabeza me lo llevo yo, ¿por qué? por ir a trabajar, por hacer algo que me apasiona y con lo que me gano la vida, ¡¡¡que no me voy de fiesta!!! (que ojo, también podría eh).

El segundo episodio ocurrió ayer. Mi hijo Samuel de 7 años me dio un par de malas contestaciones sin venir a cuento, y como no le vi yo mucho sentido a aquello, le pregunté si estaba enfadado conmigo  o si tal vez yo había hecho algo que le hubiese molestado sin darme cuenta. Después de unos minutos me respondió “mamá, pasas menos tiempo con nosotros porque vas a trabajar y eso no es justo” (durante el curso no lo notan tanto pero ahora que están de vacaciones…), ay dios, me mató; y pensé, yo tengo suerte porque paso mucho tiempo con ellos, pero ¿cómo se sentirán esos niños que pasan poco tiempo con sus padres?, y ¿cómo se sentirán los padres por no poder pasar más tiempo con sus hijos?

Esta es la conciliación familiar, NO EXISTE. Por eso este blog va dedicado con todo mi amor, respeto y admiración hacia esas madres que trabajan también fuera de casa y tienen que hacer encaje de bolillos y un millón de malabares para que todo funcione. Me centro en las madres porque culturalmente es “normal” que el padre trabaje, no pasa nada, pero que lo haga la madre no siempre se entiende. Así que va por vosotras.


¡¡¡Corres como una niña!!!

¡No llores que pareces una niña!,  ¿cómo te va a gustar el rosa si es un color de niñas?, ¡nenaza!, ¡corres como una niña!…seguro que estas frases te resultan conocidas, y el problema es que estamos tan acostumbrados a escucharlas que ya las hemos interiorizado como si tal cosa.

Yo me pregunto, ¿por qué todo lo que tiene que ver con el ser niña se utiliza como algo despectivo, inferior o negativo?

El otro día fui con mi familia a una pizzería, y el camarero cuando trajo unos bolis infantiles que regalaban con los menús, sin pensarlo o preguntar, dio por hecho que mi hijo quería el de star wars y mi hija el de frozen, a lo que mi pequeña replicó que ella no quería el rosa y prefería el mismo que su hermano. O ¿por qué se ve raro que un niño juegue con un carricoche y un muñeco?, ¿no puede ser que tal vez haga lo mismo que papá cuando lo lleva a él y lo esté imitando?

Comparto este vídeo que encontré porque me hizo pensar mucho…yo también fui niña y nunca me consideré más débil que mis compañeros varones. Aprendamos a educar a nuestros hijos en la igualdad y el respeto; después de los últimos acontecimientos sociales que todos hemos visto en los telediarios creo que es más que necesario.