La importancia del espacio en una consulta de psicología
Cuando pensamos en acudir al psicólogo solemos imaginar la conversación que tendremos durante la sesión. Pensamos en aquello que queremos contar, en las dudas que llevamos tiempo arrastrando o incluso en los nervios que puede dar hablar con alguien que apenas conocemos. Sin embargo, muchas veces olvidamos que la terapia empieza un poco antes: Empieza cuando llegamos a la consulta.
Puede parecer un detalle sin demasiada importancia, pero todos percibimos el ambiente que nos rodea mucho antes de sentarnos. Hay lugares que invitan a quedarse y otros de los que uno desea marcharse cuanto antes. Espacios que transmiten tranquilidad sin necesidad de decir una sola palabra y otros que generan cierta incomodidad aunque no sepamos muy bien explicar por qué. Probablemente todos hemos tenido esa sensación alguna vez.
Cuando una persona decide pedir ayuda suele hacerlo después de haberle dado muchas vueltas. A veces llega agotada, otras con miedo, con vergüenza o con la incertidumbre de no saber muy bien qué va a encontrarse. Hay quien incluso reconoce que pasó varias veces por delante de la consulta antes de decidirse a entrar.
Por eso, en CIPS hemos querido que nuestro espacio transmitiera a quien cruce por nuestra puerta, un lugar tranquilo, acogedor y amable, donde resulte un poco más fácil bajar el ritmo con el que venimos de la calle.
Un entorno pensado para generar confianza
La decoración nunca ha sido una cuestión de estética o de seguir una moda. Cada elemento está ahí porque ayuda a crear un ambiente sereno. La luz, los colores, las plantas, los materiales naturales, el orden o el silencio forman parte de un conjunto pensado para que la consulta resulte cómoda y cercana.
Hay pequeños detalles que muchas veces pasan desapercibidos y, sin embargo, terminan marcando la diferencia. Una iluminación demasiado intensa puede hacer que nos sintamos incómodos. Un espacio recargado distrae. Un despacho excesivamente frío puede hacer que todo resulte más distante. En cambio, cuando el entorno invita a relajarse, es más sencillo dejar fuera durante un rato el ruido del día a día.
Quizá por eso muchas personas nos dicen, al terminar la primera sesión, que se sintieron más tranquilas de lo que esperaban. Algunas incluso comentan que pensaban que acudir al psicólogo sería mucho más serio o más incómodo y que les sorprendió encontrarse con un ambiente tan cálido. Y es que hablar de uno mismo nunca resulta fácil.
Todos tenemos temas que cuesta poner en palabras. Hay recuerdos que pesan, emociones que llevamos mucho tiempo intentando controlar y preocupaciones que apenas compartimos con quienes tenemos cerca. Sentirse cómodo mientras se habla de todo eso no hace que desaparezca el malestar, pero sí ayuda a que las palabras empiecen a salir con un poco menos de esfuerzo.
Con frecuencia vivimos tan deprisa que olvidamos lo necesario que resulta detenerse un momento. Nos acostumbramos a ir resolviendo problemas sobre la marcha, a continuar aunque estemos agotados y a dejar para otro día aquello que nos duele. La consulta pretende ser justamente ese paréntesis en mitad de todo lo demás. Un lugar donde uno puede sentarse, respirar y dedicarse una hora entera.
Después llegará el trabajo terapéutico, las conversaciones difíciles, los cambios, los avances y también los momentos en los que las cosas parezcan más complicadas. Nada de eso depende de un sofá bonito o de una pared bien decorada. Depende del vínculo que se construye entre paciente y terapeuta, de la confianza y del camino que ambos recorren juntos. Pero creemos que ese camino merece comenzar en un lugar donde resulte más fácil sentirse bien recibido.
Porque, al fin y al cabo, cuando alguien da el paso de pedir ayuda ya está haciendo algo importante por sí mismo. Lo mínimo que podemos ofrecerle es un espacio que le haga sentir que ha llegado a un buen lugar para empezar.
