El final del verano…

La época más esperada por todos llega a su fin. Pasamos la mayor parte del año pensando en el verano, haciendo planes de cara a él, pensando en nuestras esperadas vacaciones, en ese período del tiempo que nos permite no estar atados a un horario predeterminado. El verano pasa más rápido de lo que nos podemos imaginar: poco a poco el ocaso se adelanta, los grados disminuyen, y las vacaciones se acaban…

Llega la vuelta a la rutina, al trabajo, al colegio, a la universidad, a madrugar, a los horarios, al tráfico de la ciudad etc.  Pero no todo es malo, la rutina nos beneficia en gran medida: muchas veces vivimos las vacaciones como un estrés constante, y la rutina nos devuelve a la realidad, hace que recuperemos nuestros hábitos… El verano supone un paréntesis en nuestra vida, y debe hacer que volvamos a la rutina con más fuerzas y más ganas.

 


El móvil, ¿mi amigo?

Ay el móvil, ese aparato que sirve para comunicarse con gente que no tengo al lado en ese momento, y a la vez puede provocar distancia hacia las personas que sí tengo a mi vera de forma literal,curioso ¿verdad?.

En estos últimos meses he vivido varias situaciones que me han hecho sentirme incomoda y hasta mosquearme, porque me apetecía decir “¡Holaaa, estoy aquíii!”… y es que a veces el mal uso del teléfono, puede provocar como en mi caso, el pensar “¿estaré desarrollando el gran poder de la invisibilidad?”.

Situación 1, comida familiar…si es un momento en el que tenemos la suerte de juntarnos todos, estamos pasando un rato agradable charlando, disfrutando de la comida…¿por que cada poco una persona mira el móvil?, ¿tan importantes son las noticias, o esas conversaciones no pueden esperar a ser contestadas hasta que se acabe la comida?…en ese momento yo me siento mal porque algo así genera distancia y rompe el buen clima… me siento de menos en ese instante y si me apetecía compartir algo ya no lo hago porque pienso ¿para qué?

Situación 2, viaje en coche con mis hijos y otras personas adultas. En casa mi hijo tenía muchísimas ganas de coincidir con la persona con la que luego se sentó, para ir jugando y hablando de cosas, pero para mi sorpresa y también para la de mi retoño, el adulto se pasó más de la mitad del viaje mirando el teléfono, con lo cual ni juegos ni confidencias ni ná, sólo distancia y el mensaje subliminal de “no me molestes, lo que estoy haciendo es más importante que tú”, porque señores, ese es el mensaje que enviamos, y sí, para acallar la conciencia puedes pensar que estoy siendo exagerada que lo hace todo el mundo, etc…pero lo cierto es que sea mi intención o no, lo que le llega al otro es, primero el móvil y después si eso ya te atiendo.

Os dejo un vídeo que me gustó y que refleja un poco todo esto que estoy diciendo.

 

 

 


Ay los complejos…

¡Qué ganas de vacaciones!… de playa, piscina, sol, calor… ¿pero que llega con el calor?, ¿quién lo sabe, quién lo sabe?…algo que da vértigo… ¡quitarse ropa! “Buff que pereza, con lo blanca que estoy donde voy con ese pantalón corto; no quiero ni pensar en ponerme en bañador con toda la celulitis que tengo; pero mira como marco barriga… qué vergüenza”.

Y es que el verano puede traer de la mano un montón de complejos que no es que en invierno no aparezcan, pero están literalmente tapados, y ya lo dice el refranero español, ojos que no ven corazón que no siente.

Qué difícil es no gustarse, cuanto enfado, tristeza, miedo al rechazo y desgaste trae consigo, por eso yo quiero preguntarte si tan solo te ves con los ojos de la crítica, de lo que te falta, de lo que aborreces…si es así, siempre saldrás perdiendo, por eso voy a rescatar un vídeo que ya colgué hace unos años pero que vuelvo a compartir porque me encanta. No todo el mundo te ve como lo haces tú.


Nuevo propósito, ser constante.

Hemos nacido en una sociedad competitiva, una sociedad que premia a los mejores, que recompensa los más aptos. A día de hoy, para poder conseguir cualquier cosa debemos competir: para un puesto de trabajo, para obtener la mejor nota, para ganar algo (un concurso, una carrera), incluso con tus amigos compites más a menudo de lo que puedas imaginar…

Pretendemos ser los mejores, o por lo menos, mejores que los demás y por ello competimos, pero, muchas veces ser los mejores en algo no depende de nuestra capacidad intelectual, física… sino de un valor que es muy importante: la constancia.

 

La constancia es una cualidad que nos enseña que hay que mantener en el tiempo con firmeza las resoluciones y la línea de conducta que nos hemos fijado. La constancia trata entonces de aprender a adquirir hábitos pero con esfuerzo.

Si observamos a nuestro alrededor es muy común encontrarnos con personas con muchas condiciones y con muy buenos propósitos y no logran sacar provecho de todas sus cualidades y la razón es, porque son inconstantes, sus resoluciones no tienen firmeza carecen de carácter y de fuerza de voluntad para mantenerlas en el tiempo.

La Constancia por lo tanto es imprescindible no sólo en la formación y en la superación moral de una persona sino en todos los aspectos de la vida. Y es muy importante saber que la constancia puede trabajarse, y de esta manera podremos lograr todo lo que nos propongamos.


Ser solidario te ayuda

La definición de solidaridad dice que “es la toma de conciencia de las necesidades ajenas y el deseo de contribuir a su satisfacción”, pero, para mí, encierra muchos otros aspectos que en ocasiones pasamos por alto: ser solidario contribuye directamente a que tu autoestima mejore y a que te sientas mejor persona. Ayudar a los demás implica ayudarnos a nosotros mismos, al ser solidarios, es posible que descubramos algunas capacidades que tenemos y que desconocíamos, en definitiva, ser solidario es una buena forma de conocerte más a ti mismo

  • Las personas que dan reciben, y esto es una realidad. Probablemente la persona a la que ayudes no pueda devolverte el favor, pero si eres una persona generosa y, en algún momento, necesitas de los demás, el karma actuará en tu favor.
  • Ayudar a los demás nos convierte en seres más felices. El feedback positivo que recibimos por parte de la persona a la que tendemos nuestra mano, aumenta considerablemente nuestra autoestima y, además, el hecho de saber que estamos realizando una buena acción nos hace sentir muy bien.
  • Nuestra confianza en nosotros mismos aumenta porque nos sentimos útiles. Creemos que es la forma más gratificante de demostrar nuestra presencia en el mundo, dedicando una parte de nuestra vida a hacer la de los demás más fácil y mejor.
  • Y ¡mejora nuestra salud! Según diversos estudios estadounidenses, las personas solidarias son menos propensas a sufrir estrés o depresión, su presión sanguínea es menor e incluso son más longevos que las que son insensibles al sufrimiento ajeno… Curioso ¿verdad?

 


Mi experiencia como psicóloga

Si por cada vez que he oído “yo es que no creo mucho en los psicólogos” me dieran una moneda, a estas alturas creo que tendría para comprarme un coche y pagarlo a toca teja.

También está el “si vas al psicólogo es que estás pirado”, “¿pero el psicólogo para qué sirve?”, o mi favorita “el psicólogo sólo escucha, para eso me tomo un café con un amigo”.

Cada vez que escucho alguna de estas cosas siento como si me dieran un campanazo en la cabeza, pero bien es cierto  que no se puede culpar a nadie por pensar así, está claro que el miedo es libre, y a pesar de que hoy  en día vivimos en la era de la tecnología y la información, sigue existiendo un gran desconocimiento sobre la figura del psicólogo.

No voy a contar qué es un psicólogo, para eso está el señor Googel que seguro que dará una respuesta estupenda; voy a compartir mi experiencia como profesional.

En primer lugar he de decir que cada vez que alguien se sienta en la silla que tengo delante me siento una privilegiada. Que una persona me haga participe de su vida contándome todo aquello que le hace daño, que le preocupa, que le da miedo…cosas que a veces no ha contado nunca a nadie…me parece que es uno de los mayores regalos que alguien puede hacerte, por que compartir “tus miserias” de primeras te hace sentirte muy vulnerable.

Cuando uno expresa en voz alta lo que le pasa, en ese momento lo hace real, y no todo el mundo está preparado para dar ese paso, a veces uno está acostumbrado a “tengo que tirar para adelante” o a “no pasa nada, lo que me hace daño lo meto debajo de la alfombra, si no se ve es que no es real”. Por eso hay que respetar los tiempos que tiene cada uno e ir al psicólogo cuando es decisión  propia.

Yo no doy consejos de café, para eso no hice 5 años de carrera más años y años y años de formación de cursos, masters, talleres…es más sigo formándome (de ello pueden dar fe mi marido y mis hijos) porque la vida va cambiando y trabajo con personas que también cambian y se merecen que el profesional en el que confían esté como mínimo actualizado.

He de reconocer que no es un trabajo fácil, que en muchos momentos tengo que tragar saliva y que hay historias, personas que tocan mi corazón. Por eso cuando alguien me dice “Miriam gracias por lo que me has ayudado” siempre pienso “no, gracias por lo que me has ayudado tú a mí”, porque yo soy la primera en aprender.

A veces pienso que menos mal que mi cabeza no es transparente, porque en el momento en el que alguien empieza a hablar, mis neuronas comienzan a trabajar para ver como encajarlo todo y qué camino hay que seguir. No todo vale para todos, cada persona es distinta y también lo son sus necesidades.

Me parece muy valiente que alguien decida cambiar, por eso todas las personas a las que intento ayudar tienen mi respeto y admiración.

¿Cuál es el objetivo para mí? Pensar de qué manera puedo cuidar y cómo se va a sentir cuidada la persona que en ese momento está desnudando su alma. Sigo y seguiré aprendiendo.


El eterno debate: deberes sí o no

Los deberes han existido en los colegios desde sus inicios, sin embargo, durante los últimos años ha surgido un gran debate que ha enfrentado a las familias con los centros escolares y los profesores: deberes, ¿sí o no?

Es cierto que los deberes ayudan a adquirir hábitos de estudio, rutinas, desarrollan la responsabilidad de los niños y ayudan a consolidar los conocimientos adquiridos. Pero, la realidad del día a día de los niños es muy distinta: salen de clase tarde, en ocasiones saturados de tantas horas en el cole, tienen diversas actividades extraescolares, y, sobre todo, quieren y deben jugar.

En numerosas ocasiones los deberes provocan conflictos entre padres e hijos: los niños, como es normal, quieren jugar y no quieren hacer los deberes, esto hace que los padres tengan que imponer su autoridad, enfrentarse a los niños y obligarlos a que hagan los deberes; alguna que otra vez, esta situación desemboca en un castigo. Por lo tanto, ¿hasta qué punto son buenos los deberes?, ¿debemos eliminarlos por completo?, ¿mantener la línea que hasta ahora se venía realizando?

Aquí es donde se encuentra el debate, existiendo posturas extremistas de deberes sí y deberes no. En mi opinión, debemos contemplar un término medio. Uno de los derechos que tienen los niños es jugar, mediante el juego conocen, descubren, socializan, se divierten… Los deberes no deben irrumpir con este derecho de los niños. Por tanto, una posible solución sería que los niños solo tuvieran deberes, por ejemplo, los fines de semana (donde suele haber más tiempo libre); también otra posible solución sería un acuerdo entre profesores, mandando cada semana deberes de una materia para así evitar una acumulación excesiva de deberes por cada materia. Otra buena solución que podemos plantear es dedicar una hora del horario lectivo a los deberes, de esta manera, los niños trabajarían los contenidos aprendidos, desarrollarían hábitos de estudio y todo ello, sin entorpecer su rutina diaria.

Mientras se mantenga este debate, debemos mantener una postura intermedia, evitando los conflictos con nuestros hijos e intentando combinar de la mejor manera posible su tiempo libre (de juegos, de actividades, de parque…) con los deberes.

 


¿Seré una madre tóxica?

Hay muchas cosas que me dan miedo en la relación con mis hijos, pero hay una que destaca sobremanera: ser o convertirme en una MADRE TÓXICA.

En diversas ocasiones creo que no voy a ser capaz de expresar mi amor y preocupación de la mejor manera y, al mismo tiempo, tengo miedo de adoptar un comportamiento demasiado protector o controlador, con el único objetivo de su bienestar.

Creo que esta línea es muy fácil de traspasar y que tiene unas consecuencias seguramente devastadoras.

Es por ello que quiero compartir con vosotros lo que me pasó hace unos días con mi hijo: fui a buscarlo a un cumpleaños, y, en dicho cumpleaños cada niño fabricaba un muñeco de peluche, el que quisiera, y después se lo llevaría a casa. Mi hijo, Hugo, eligió un osito de un rosa chillón que era para verlo, y yo, que no me muerdo la lengua así me maten, no tuve mejor idea que decirle que cómo había elegido ese peluche, que era más guapo un koala o un pingüino… como el de los otros niños. Llegamos a casa y lo acosté, se durmió abrazado al osito. A la mañana siguiente cuando se despertó, vino a mi cuarto y lo primero que me dijo fue: “mamá creo que no elegí bien, seguro que te hubiera gustado más el pingüino, lo siento”. En ese mismo momento quería morirme: ¡el pobre había estado dando vueltas a lo que yo le había dicho!; Mi hijo solo quería complacerme.

¿Cómo podemos tener tanta influencia en nuestros hijos?

Rápidamente intenté solucionarlo, explicándole que su peluche era perfecto, que era el que él había elegido y que tan solo por eso, estaba bien; que a mí me encantaba que tomase sus propias decisiones. Tras esta pequeña charla, lo ayudé a elegir un nombre, pero eso sí, con mucho cuidado de no influirle.

Después de esta situación me di cuenta de que ser una madre tóxica es mucho más fácil de lo que imaginamos. Es por ello, que quiero dejaros algunas señales que nos avisan de que quizás no vamos por el buen camino para ser una MADRE SANA, una madre que ayuda a sus hijos en su crecimiento personal en lugar de perjudicar su equilibrio emocional.

  • No reconocer que nuestros hijos son independientes, según nuestra edad, y que tienen derecho a tomar sus propias decisiones. Con esto solo ayudamos a que los niños desarrollen una gran inseguridad y sentimiento de impotencia.
  • Ignorar algunos de los logros de nuestros hijos, ya que, en ocasiones consideramos que es “lo normal”, es decir, lo que los demás también hacen.
  • No prestando atención al esfuerzo o minimizando los resultados alcanzados. Los niños necesitan que sus madres reafirmen sus cualidades, solo así podrán formarse un buen autoconcepto.
  • No darnos cuenta en ningún momento de lo que nuestros hijos quieren o necesitan. Estamos demasiado ocupadas en inculcarles que sigan nuestras metas, las que seguramente nosotras no conseguimos y ahora las proyectamos en ellos.

Seguramente hay muchas más señales que nos avisan de que vamos por el camino equivocado, mi consejo es invitarte a que te observes y descubras cuáles son las tuyas para que puedas evitarlas.

Stop a las madres tóxicas

 

 


¿Por qué soy tan sensible?

¿Te has sorprendido alguna vez totalmente emocionado/a en el cine, o en el teatro o en un concierto?, ¿te agobias cuándo tienes que hacer muchas cosas en muy poco tiempo?, ¿te conmocionas ante cualquier cambio en tu vida como un nacimiento, una separación…?, ¿te genera mucho nerviosismo e inseguridad el tener que competir o sentirte evaluado en la ejecución de una tarea?, ¿los ruidos fuertes te hacen sentir incómodo/a?, ¿tienes una vida interior rica y compleja y le das muchas vueltas a las cosas?, ¿te abrumas fácilmente ante luces brillantes, olores fuertes, sirenas…?, ¿eres muy sensible al dolor?, ¿tienes la sensación de ser sensible a cosas muy sutiles del entorno?, ¿te afecta mucho el comportamiento de los demás?, ¿los ruidos fuertes te hacen sentir incómodo/a?, ¿eres muy concienzudo?, ¿te asustas con facilidad?, ¿cuándo eras niño tus padres o profesores te definían como una persona sensible o tímida?….

Si has contestado que si a todas o gran parte de estas preguntas eres una persona altamente sensible. ¿y esto que quiere decir?. Hablamos de alta sensibilidad cuando una persona posee un sistema neuro-sensorial más fino, más desarrollado que la mayoría de la gente.  La persona con alta sensibilidad  recibe en proporción mucha más información sensorial simultánea que alguien con una sensibilidad media. La Alta Sensibilidad es un rasgo hereditario que afecta a dos de cada diez personas, hombres y mujeres por igual. Ser una persona con alta sensibilidad no es algo que tienes, es algo que eres.

Según la  Asociación de Personas con Alta Sensibilidad de España (APASE), son 4 las características básicas que definen a las personas altamente sensibles:

  1. La persona con alta sensibilidad difícilmente puede remediar su tendencia a procesar toda la información recibida de una manera intensa y profunda, por lo que suele reflexionar mucho sobre los temas en general y dar muchas vueltas para una mayor comprensión.
  2. La persona con alta sensibilidad puede llegar a saturarse y sentirse sobreestimulada cuando tiene que procesar a la vez mucha información (sensorial y emocional). Ésta característica es comprensible debido a que la persona con alta sensibilidad posee un sistema neuro-sensorial más fino de lo normal, por lo que la cantidad de información que recibe es mucho mayor que la de una persona que no es altamente sensible.
  3. La persona con alta sensibilidad vive la vida con mucha emocionalidad, se emociona con facilidad ante situaciones y sensaciones. Su manera de experimentar la felicidad, tristeza, alegría, injusticia, etc. es muy intensa y va ligada a una fuerte empatía, una característica que también forma parte del rasgo de la alta sensibilidad.
  4. La persona con alta sensibilidad tiene una elevada sensibilidad, no solamente en cuanto a los cinco sentidos (vista, tacto, oído, gusto, olfato), sino también de cara a sutilezas como pequeños cambios en el entorno o en el estado emocional de las personas que tiene a su alrededor.

Para muchos ser tan sensible es una característica irritante que complica la vida. Es posible que te sientes “bicho raro” y que tienes la sensación de no encajar. Puede ser que creas que eres el único que es como eres. No siempre, pero muchas veces la persona sufre por ser tan sensible y muchas veces se siente rara y no comprendida. El rasgo de la alta sensibilidad, a pesar de ser descubierto en 1995, todavía es poco conocido.  A través del aprendizaje sobre la Alta Sensibilidad puedes descubrir y llegar a entender quién eres y cómo funcionas, requerimientos esenciales si quieres sentirte equilibrado y feliz.